Leyenda de la Laguna de Zapotlán

Por: Fernando G. Castolo, Cronista de la Ciudad.

Corrían los años recientes a la conquista española, cuando la Laguna de Zapotlán llenaba casi todo el vaso del gran Valle. En la zona lacustre se encontraban asentados varios pueblos, los cuales en muy repetidas ocasiones habían querido adueñarse de la Laguna, la que compartían todos, sin embargo, los de Tzapótlan siempre la defendieron, y procuraron la constante armonía entre los pueblos lacustres. No obstante siempre había levantamientos rebeldes, y aquí narraré lo siguiente:

Brillaba el sol con todo su esplendor en el azul del cielo del Valle, cuando la hermosa india Atequiza, hija del cacique, vestida de su rica Huipilli, de su valiosa tilma y del arrogante yahual, que formado de ricas plumas hacía más atractiva la gracia de su linaje, en empavesada barra desafiando al apuesto guerrero tenamaxcaltleca Calicenti que traído por la fama y la pericia de habilidad de la hija de Minotlacoya quiso humillarla delante de su pueblo en singular lucha sobre las aguas de la Laguna de Tzapótlan.

Ya casi vencido el guerrero, la delicada Atequiza, que siempre en más de cien combates había sido vencedora, de pronto se siente desfallecer y abandonando los remos, cae sin fuerza en el agua. Calicenti extrañado de que su adversaria quedara atrás, vuelve la cabeza y la ve flotando como muerta. Retrocede y recogiendo a la hija del cacique en su propia barca, vuelve a la playa.

Queda prendado Calicenti de Atequiza, que aún no vuelta en sí, la pide al cacique por esposa; indignado éste con tal petición le contesta que nunca unirá a su hija con un enemigo de su pueblo; Calicenti le jura que nunca lo ha sido y que al unirse con ella, verá a los de su pueblo como a sus propios hermanos y a él, el cacique, como a su propio padre.

Minotlacoya, viendo la sinceridad del guerrero tenamaxcaltleca, pregunta a su hija si quiere ser su esposa, la que contesta de una manera afirmativa, diciendo que le amaba como sabían amar las indias.

Totec, hijo del gran sacerdote, que había sido despreciado por la orgullosa Atequiza, al saber que ésta se unía con su guerrero enemigo, juró ante su padre quitarle la vida antes que ella se uniera a otro hombre.

El gran sacerdote se entrevista con el noble Minotlacoya y le amenaza con maldecir al pueblo si permite que su hija se enlace con un enemigo de su pueblo. El cacique se ríe de la amenaza y el matrimonio se verifica.

Celebrada la ceremonia con la solemnidad que correspondía a los nobles contrayentes, se hizo como era costumbre entre los indios de la zona lacustre, un paseo de gala en la Laguna de Tzapótlan.

El gran sacerdote, que ya había perdido su prestigio desde que el cacique y su hija se habían convertido a la religión católica, rabiosos por su impotencia y desesperación, desde una alta roca de Las Peñas levanta su trémula mano y maldice aquel cuadro de felicidad y alegría...

El cielo que ya de suyo estaba cubierto de negros nubarrones, cruzados por relámpagos de luz, parece que corresponden a la maldición de aquel falso adorador de los dioses; porque desataban sus nubes tan fuerte granizada sobre las barcas, que están en medio de la más grande turbación, pretenden ganar la orilla; más, Totec y su hermano, al frente de los más aguerridos combatientes del pueblo de Tzapótlan les impiden llegar a ésta.

Si el peligro de zozobrar es inminente por estas causas, lo que acabó de agravar la situación es la inmensa marejada de una terrible tromba que habiendo barrido al pueblo de Tzapótlan arrojó hechas astillas las barcas a las playas, dispensando en precipitada fuga aún a los mismos asaltantes.

A la mañana siguiente el cacique y todo el pueblo se agitaban a la orilla de la Laguna esperando ver de un momento a otro los restos de la embarcación de Calicenti y de Atequiza, ó los cadáveres de éstos que era lo único que no habían sido arrojados el día anterior a la playa.

Perdida la esperanza y próximos a retirarse a sus hogares, para llorar con el cacique la muerte de Atequiza, se ve a lo lejos como un punto blanco que agrandándose poco a poco llama su atención. Llenos de curiosidad, esperan a que aquel objeto llegue hasta ellos.

Un grito de júbilo sale del pecho del cacique al ver que aquel objeto es la imagen de Jesucristo en la Cruz formada por un puñado de flores blancas, lo que para él significaba que el amor de Atequiza y Calicenti había triunfado ante todos los obstáculos, y ahora se encontraban gozando su mutuo cariño ante los ojos del Señor.

Desde ese día a la fecha, se tiene la costumbre entre los enamorados, el llevar entre ambos una flor blanca, y lanzar ésta a la Laguna de Zapotlán para que su amor perdure toda la vida.


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